
Jamás tuve enemigos, porque cuando alguien se empeña en provocarme dolor, se me vuelve invisible instantáneamente.
Sé que es un efecto contraproducente, porque la invisibilidad a los enemigos les potencia su sentimiento de rivalidad, pero no puedo evitarlo.
Cuando veo que lo imperceptible los vuelve ventajeros, rencorosos y aún más resentidos, se me vuelven mucho más enemigos, por lo tanto, mucho más inapreciables y mucho menos poderosos.
También me pasa que después de un rato, esa ausencia impalpable tiene un silencio tan ensordecedor, que de repente el vaso rebalsa y me desborda la compasión.
Sentimiento repugnante.
Desaparece la invisibilidad, entonces.
Y entonces?
Bienvenida la lástima.
La piedad.
La pena.
Comienza el desfile de caridades.
Y aquel que pretendía la grandeza de un enemigo, sólo obtiene la insulsez de un débil.
De repente resulta descalificado del combate, por indefenso y exánime.
Entonces ahí me envuelve la victoria de una batalla tramposa.
Donde se apuñaló con misericordias, y se acribilló con clemencias.
Un injusto triunfo, que desgraciadamente me corona de laureles.
29 Octubre 2009 a las 9:06 PM
Pobre aquel que ha terminado arrastrándose. Pobre por subestimar el poder de la presencia, de la atención y la intención. Pobre infeliz, que en su efímero reinado coronado por las más finas manos, se crea lo suficientemente importante como para olvidarse de los ojos que agrandan la distancia de su sombra. Diminutos se ven aquellos despojados del amparo de la luz de palabras con único destinatario. Allí donde había tierra fértil, y abundancia, solo corren los ríos secos de un desierto de muerte.
Pero amiga mía, las victorias, son victorias al fin. Salud.