Bajada de bandera

taxi

Evidentemente las charlas con taxistas son una fuente de inspiración. Sospecho que por eso existen infinidades de canciones, novelas, libros, y todo tipo de demostraciones culturales que hacen referencia a los diálogos entre chofer y pasajero.

Algunos se inspiran con la luna, otros con el mar, otros con las montañas, otros con la música y hasta algunos valientes con el amor. Yo, mientras tanto, lo hago con el número de licencia, el espejo retrovisor, la copia de la matrícula y el reloj digital.

Elegí una musa más tangible.

Y la armadura amarilla y negra me da impunidad para decir cualquier cosa que se me venga a la mente, sin tomar ninguna precaución.

Me siento en condiciones de responsabilizar al sindicato de Viviani por el rumbo que tomó mi vida, gracias a alguna conversación que me llevó a Retiro. O de culpar a un sabio devenido en timonel por interferir en mis conclusiones sobre la campaña política. O de imputar a un ventajero descarado por haber cambiado mi percepción acerca de la buena voluntad de la gente. Y hasta cambié de religión aunque sea por unos días, convencida por un militante de alguna doctrina que me agarró débil y me resultó interesante.

He escuchado mentiras garrafales.  Historias de lo más intrínsecas. Teorías revolucionarias. Y hasta me animo a decir que he reparado parejas, impulsado divorcios, y ocasionado más de un replanteo. Pero vuelvo a sorprenderme en cada viaje. A discutir hasta la idea más ilógica sin reparar en ningún cuidado, y defenderla con uñas y dientes.

Esto me pasó esta semana:

-”Las mujeres manejan mal”- me dijo el taxista.

-Bien -le dije- estamos de acuerdo. Pero no todas.-

Así arrancó la conversación que derivó en un intercambio de ideas lógico y tolerante, en el que ambos aceptábamos nuestros argumentos y hasta a veces cambiábamos de opinión si el otro nos convencía.

Era una charla constructiva donde intentábamos destacar las diferencias y limitaciones de ambos géneros. Un viaje largo que llevaba y traía todo tipo de rubros y oficios.

Él estaba muy lejos del feminismo, y yo convengamos que no me llevo muy bien con el gremio. La palabra “machismo”, sin embargo, a los dos nos parecía un poquito fuerte. Por eso decidimos sacar conclusiones equilibradas. Descubrimos que no existe absolutamente nada que la mujer pueda hacer y el hombre no, excepto procrear, hasta el momento.

Mis manotazos de ahogada defendiendo la camiseta (aunque solo por honor) fueron: la moda, la cocina, la reposteria, la belleza,  y hasta la limpieza (!), pero a medida que las nombraba, automáticamente se desvanecían.

Mis diseñadores favoritos son hombres, los cheffs mas distinguidos son hombres, mi peluquero es hombre, y si bien en la limpieza somos mayoría, los hombres también lo hacen y aunque sean pocos lo compensan bastante bien.

Me llamó la atención no poder encontrar desde Microcentro a Palermo en plena hora pico, una tarea que las mujeres puedan hacer y no sean superadas por los hombres (vuelvo a excluir el parto, porque eso viene de fábrica).

Cuando me acercaba a casa se me prendió la lamparita.

Le dije que probablemente los hombres suelan superar a las mujeres en una gran cantidad de actividades, pero que nunca iban a hacerlo combinando todas esas a la vez.

Contenta como con un póker de ases en la mano, le dije haciéndome la canchera que se ponga en situación, y que se imagine con un nene de dos años llorando agarrado a su pierna, mientras le esté cocinando al de 5 que esta terminando los deberes, y el timbre suene porque hay que firmar una carta certificada, y a a vez su marido esté sentado en el sillón y pidiendo que no griten que está mirando el partido, mientras la suegra llama para ver como anda todo y se enoja porque el nene llora y porque no le avisaste que querés comer el domingo,  todo mientras se te cae un plato y barrés cuidadosamente para que nadie se corte. Y muchas cosas más.

El taxista frenó en Scalabrini Ortiz, se dió la vuelta, me miró y me dijo: “soy divorciado, tengo dos nenas en primaria y una en jardín. Desde que mi mujer me dejó, las tres viven conmigo”

-Bueno ganaste- le dije.

Y así me bajé del auto, pensativa y  algo desorientada, pero completamente convencida, de que tiene razón.

Mucho más, mientras iban cayendo una a una las acciones que un hombre es capaz de hacer perfectamente mejor que cualquier mujer.

Un hombre puede comer pizza fria cualquier dia y a cualquier hora. Eso ya lo hace sublime.

Para qué seguir?

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