
Jamás tuve enemigos, porque cuando alguien se empeña en provocarme dolor, se me vuelve invisible instantáneamente.
Sé que es un efecto contraproducente, porque la invisibilidad a los enemigos les potencia su sentimiento de rivalidad, pero no puedo evitarlo.
Cuando veo que lo imperceptible los vuelve ventajeros, rencorosos y aún más resentidos, se me vuelven mucho más enemigos, por lo tanto, mucho más inapreciables y mucho menos poderosos.
También me pasa que después de un rato, esa ausencia impalpable tiene un silencio tan ensordecedor, que de repente el vaso rebalsa y me desborda la compasión.
Sentimiento repugnante.
Desaparece la invisibilidad, entonces.
Y entonces?
Bienvenida la lástima.
La piedad.
La pena.
Comienza el desfile de caridades.
Y aquel que pretendía la grandeza de un enemigo, sólo obtiene la insulsez de un débil.
De repente resulta descalificado del combate, por indefenso y exánime.
Entonces ahí me envuelve la victoria de una batalla tramposa.
Donde se apuñaló con misericordias, y se acribilló con clemencias.
Un injusto triunfo, que desgraciadamente me corona de laureles.
Escrito por Noe 
Escrito por Noe 
Escrito por Noe 




